Mantekiya: La Canción de la Dignidad

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Poema original de Alexis Romero Salazar
en el que se inspiró esta canción que rehace la memoria de las luchas en los años 60 y 70

LA CANCIÓN DE LA DIGNIDAD
A “Heriberto”, Oswaldo Tineo,

Los que marcharon por el intrincado verde
entre el alboroto de los monos y las culebras emboscadas

Los que rampearon entre guaguijillas, cortadoras
y gigantescos árboles que cierran el paso al sol

Los que vieron pasar rauda la manada de los chacharos

Los que no mataban ni una mosca
dispararon ráfagas de futuro
y durmieron soñando felicidades colectivas, sonrisas infantiles,
auroras luminosas, prometedores atardeceres

Los que dibujaron los bellos rostros de las novias en los árboles
mientras montaban guardia en la madrugada

y quemaron algarrobo para alejar la plaga

Los que después del café negro
trotaron en redondo los doce metros del polideportivo
del campamento para hacer los duros ejercicios

Los que bajaban al río
se bañaban y secaban con el filo de la mano

Los que el tomaban la avena o el fororo de desayuno
y comenzaban la lectura colectiva de las cinco tesis filosóficas

Los que consumían apenas sopón
con auyama desbaratada por el fuego
y una lata de sardina
porque se acabó la carne salada de chacharo

Los que cavaron el hueco para el depósito de alimentos
o para el escusado

Los que cuidaron con su vida la biblioteca y la farmacia
que eran los sacos que tenían asignados

Los que susurraron al oido de los compañeros:
“Diana, Diana” al levantarlos en la madrugada
para hacer la guardia

Los que llamaron: “Papa, Papa”
para servir la comida.

Los que aprendieron a coser los morrales,
a hacer el nudo falso para colgar el chinchorro
y el plástico para aguantar el agua en la noche lluviosa

los que supieron mantener las botas secas

Los que pasaron alcabalas con cédulas falsas
Los que se adelantaron como “moscas”
y fueron diestros en las labores de correaje

Los que ubicaron las paredes de la ciudad para pintar
con spray negro y rojo las consignas

Los sorprendidos in fraganti

Los que pusieron “calembas”, “tres minutos”,
petardos, la caja sonora que esparcía los papeles
de la agitación multitudinaria.

Los de los contactos esporádicos para el punto de cuenta

Los de las reuniones cerro arriba
con minuto conspirativo y todo

Los de las contraseñas
Los de santo y seña

Los de las estafetas y buzón para los mensajes

Los de la paciencia en los días largos de la “concha”.

Los que abordaron un autobús y se bajaron para subirse a otro
en el laberíntico viaje con el maletín repleto del periódico proscrito

Los clandestinos

Los del chequeo previo de la zona
para los furtivos encuentros con los suyos

Los de las hermosas cartas a la madre y a la novia
a la compañera, al padre y los hermanos,
dobladitas en 32 cuadritos y envueltas por el tirro.

Los que dejaron el llanto de la madre en el adiós
esculpido en la memoria

Los que pusieron a esperar a los hijos y a la novia

Los que postergaron la escuela, el trabajo, el ingreso monetario

Los que ni siquiera se atrevieron a pensar
que se la estaban poniendo demasiado difícil

Los que emocionados entonaron
canciones de la guerra civil española
Ay¡ Carmelay El tomate…
“¿Que dirá el Santo Padre
que vive en Roma
que le están degollando a su paloma?”

Los que aplaudiendo acompansados
tararearon la suplica de John Lenon
para que le dieran un chance a la paz,
que después pusieron como banda sonora
a “Las fresas de la Amargura”
una historia de estudiantes rubios
que en esos momentos se parecieron a nosotros

Los allanados,
los esposados gritando con coraje
para denunciar al sistema

Los tirados al piso de la camioneta
con la ametralladora del esbirro puesta en la boca

Los planeados,
los vejados,
los humillados
los reseñados con la foto de la saña criminal

Los que se sobrepusieron al miedo

Los que soportaron el suplicio
y no los asustó el feo rostro del torturador
ni las puntas de los cables ni el agua de la tina
ni el fusilamiento, ni el entierro vivo

Los que no mermaron su moral tras los barrotes
Y supieron sobrellevar la caligueva.
Invencibles

Los que imprimieron “volantes” y periódicos clandestinos
de lado y lado volteando hoja por hoja
regando la tinta Gesterner con el “haragan” sin el palo
sobre el esténcil montado en el pequeño marco de madera
porque no había multígrafo

Los que resguardados cortaron el ulano con el buril
para que la tinta de cada color atravesara las figuras y las letras
y se imprimieran los carteles gigantescos

Los que creyendo despistar al enemigo
fueron muchacha y muchacho abrazados
a pegar por todas partes a pliego completo
los afiches más hermosos que jamás se hayan visto

Los que tiraron las “Batidas” en la entrada de la ciudad
para solicitar con los potes apoyo financiero
para los camaradas que luchaban

Los que iban por la Calle Larga de negocio en negocio
pidiendo a los dueños colaboraran
con unas bolsas de arroz, de spaghetti o de harina

Los que tomaron los barrios sorpresivamente
gritando consignas, repartiendo volantes
tirando una arenga, pintando paredes
mientras se consumían los cauchos encendidos en la entrada.

Los que combinaron las formas de lucha y organización
montaron actos electorales para votar nulo
y pintaron murales y pusieron pancartas
en los barrios

Los que organizaron “Repartos” semanales
en los portones de las grandes empresas.

Los que buscando el vínculo con los obreros
se montaban en los autobuses de las compañías
para explicar mientras durase el trayecto

Los que enfrentaron a la mafia sindical todopoderosa
apoyada por la gerencia y la policía
cogieron plomo pero la derrotaron

Los que de buena fe montaron su plancha de trabajadores revolucionarios
no sacaron ni un puesto pero comenzó el crecimiento
de la vanguardia obrera

Los de la minoría orgullosa
en la lucha de las fábricas
contra la abusadora gerencia y la mafia sindicalera.

Los dignos de las “listas negras” empresariales

Los que no se quemaron en el fuego represivo de las instituciones
ni pidieron cacao en las muchas expulsiones de liceos y
universidades

Los del barro de las barriadas
hacedores de ranchos
y de conciencia

Los que compartieron el joropo con los hermanos campesinos
y aprendieron a construir el bahareque con la tierra húmeda

Los que siempre estuvieron donde están las masas

Porque echaron la suerte por los humildes

Los que vinieron del pueblo
y no tuvieron que inventarlo en el humo de cafés
o sacarlo de las copas de vino tinto
entre poses rebuscadas

Los que no idealizaron ni mal interpretaron a los trabajadores
porque del seno de la clase venían

Los excomulgados por la jerarquía
compañeros de los curas obreros
y amigos del pastor de la parroquia

Los que soportaron estoicamente
el crujir de la tripas por el hambre

Los que quedaron por siempre con la sonrisa pegada a los labios
y listos para el abrazo fraterno

Los que se anclaron en la humildad
los modestos que dejaron que otros contasen sus historias

Los de los varios seudónimos
y muchos “responsables”
que templaron el acero

Los que se elevaron de la pequeñez, sobre la miseria humana,

Los que despreciaron a los tacaños
y no se pichirriaron, ni guardaron nada

Los que siempre cumplieron la tarea

Los que se equivocaron a veces
porque había que equivocarse

Ninguna mala decisión para dañar a alguien

Los que no buscaron indulgencias
ni cargos, ni fama, ni plata
ni con propio ni ajeno escapulario

Los que sólo procuraron unos coñazos
y de buen gusto se los dieron

Los denigrados
Los satanizados
Los ultrajados
Los irrespetados

Los decentes,

los que no se envilecieron,
a quienes no se les encalleció el alma

Los que lloraron a los camaradas,
a la familia
a los amigos, a los vecinos,
a los desconocidos

Los de la pura humanidad

Los que renunciaron a todo chisme
a las murmuraciones
y a las cosas feas contra el prójimo.

Los que no imprecaron

Los que se distanciaron de la frivolidad,
la banalidad, la pantalla
y siempre los rodeó la belleza
por su convicción de gozar del perfil bajo
aun fuera del clandestinaje

Los del otoño en la cabeza
organizando la juventud en grupos obreros, campesinos,
pobladores y estudiantes
sin ninguna alharaca

Los que sobreviven
arrastrando el peso de los píes
y el paso de los años
sin cansancio alguno en procura del próximo combate

Ellos son el poema

la canción de la dignidad
a la que hay que ponerle una música muy hermosa

Alexis Miguel Romero S./Carlitos

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